Capítulo 23

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Entre las calles 13 y 14 a la altura de la Avenida Jiménez existe un caserón colonial con un enorme portón rojo donde funciona un bar de estilo indefinido y más bien decadente llamado Oasis. En una de las esquinas del salón principal, una rockola que parece a punto de romperse repite en el mismo orden viejos boleros cubanos. La clientela está conformada por pensionados del barrio y algunos vagabundos que de vez en cuando consiguen reunir el dinero suficiente para media botella de aguardiente. A pesar de la apariencia poco amigable del establecimiento no suele haber problemas, aparte de las infaltables discusiones entre borrachos que pocas veces llegan a las vías de hecho.

cap-23En apariencia el bar no se diferencia de otros bares del centro sino fuera porque en la parte posterior, atravesando una cortina de tela oscura pintada con arabescos chinos hay una sala especial. Algunas sillas viejas colocadas de manera asimétrica junto a las paredes y varios cojines roídos en el piso, conforman su mobiliario secundario. Lo principal son los doce narguiles ubicados junto a las sillas y que le dan al ambiente un efecto inusitado. El humo que sale de las pipas se mezcla en el aire con una luz roja difusa producto del único bombillo del salón. La música se alcanza a oír a lo lejos apenas como un murmullo. El conjunto se asemeja al paisaje de un sueño o a un espejismo.

Marlowe lleva más de dos horas sentado en una de las sillas cerca a la parte posterior de la sala, fingiendo que fuma y observando el ambiente con cuidado. Ninguno de los otros tres clientes que viajan en sus sillas por los paraísos artificiales es el hombre que busca. Marlowe está a punto de irse cuando alguien entra a la sala. Desde donde está no logra identificarlo. Es un hombre de mediana altura, delgado y lleva una chaqueta larga de color negro. Se sienta en una de los cojines del piso casi en el centro de la sala y de inmediato empieza a fumar como si no tuviera tiempo que perder. Marlowe no quiere acercarse cap-23bdemasiado para no generar sospechas. Casi inmóvil contempla al hombre desde su lugar y espera el mejor momento para aproximarse. Cuando el hombre parece haber entrado en estado de trance, Marlowe se acerca lentamente y lo observa hasta no tener dudas de que se trata de De Quincey, a pesar que el rostro que ve ahora sea un tanto distinto del rostro serio y enigmático de las fotografías.

Lo que Marlowe no esperaba era que la mano de De Quincey hiciera un movimiento en el aire para llamarlo, de un modo tan delicado que le hizo pensar en un director de orquesta dirigiéndose a sus violines. “No he sido yo”, alcanza a decir De Quincey antes que los tres hombres que antes fumaban en las sillas se precipitaran sobre ellos y rápidamente los dominaran. Casi al instante otros cinco hombres armados entraron a la sala y sacaron a Marlowe y a De Quincey, los metieron en una camioneta y arrancaron a toda velocidad mientras los demás clientes del Oasis contemplaban lo que pasaba como si se tratara de un repentino espectáculo de magia.

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